miércoles, 1 de mayo de 2019

PORTADA.



UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID.  FACULTAD DE EDUCACIÓN – Centro de Formación del Profesorado.


EL DESARROLLO MORAL EN EL AULA.
UN ESTUDIO DE GÉNERO.

LINEAS DE INVESTIGACIÓN PSICOLÓGICA APLICADAS A LA EDUCACIÓN.

TUTORA: SUSANA VALVERDE MONTESINO
ALUMNAS: CHRISTINA E: HOWARTH VAZQUEZ
                   mª iSABEL mENDOZA mANCILLA
CURSO: 2018 - 2019

CONTENIDO





DESARROLLO MORAL SEGÚN LAWRENCE KOHLBERG.


1. INTRODUCCIÓN.

El presente trabajo se centra en una de las líneas de investigación más relevante en la infancia, el desarrollo moral y, en concreto, el papel que juega la conducta en la convivencia escolar dentro y fuera de la comunidad educativa.

Kohlberg (1995, citado en Linde Navas, 2009) empezó el estudio sobre el desarrollo moral a través de unas situaciones de dilemas morales, donde explora la capacidad de emitir juicios morales de las situaciones planteadas.                                                            
Se trata de un cuestionario cualitativo donde el entrevistado debe razonar y argumentar sus respuestas. Dichas respuestas se clasifican, según Kohlberg, en algunos de los tres niveles por los que pasa el ser humano: nivel pre-convencional, convencional y pos-convencional. (Linde Navas, 2009).
El objetivo de esta investigación es analizar el constructo del “Desarrollo Moral en relación con los niveles y estadios propuesto por Kohlberg”; y averiguar si existen diferencias en función del sexo.
La muestra empleada en este estudio, ha sido tomada de niños y niñas del nivel de 6º de Educación Primaria del CEIP Cervantes de Madrid.                                                                     
El diseño de esta investigación, en este caso, ha consistido en un Diseño no experimental transversal descriptivo, en el que se plantea la siguiente pregunta: ¿Cuál es el nivel de Desarrollo Moral de los alumnos de 6º de Primaria? y Para ello, se trabajará el dilema de Heinz utilizados por Kohlberg.

2. MARCO TEÓRICO.

El desarrollo moral es un aspecto clave desde el punto de vista educativo porque genera personas competentes capaces de distinguir lo que está bien y lo que está mal. Para ello, debemos tener en cuenta el papel que juegan los distintos contextos de socialización como son: la familia, los docentes y los iguales. Cabe destacar que, hoy en día, los centros educativos juegan un papel relevante en la transmisión de los valores a los discentes, fomentando así un adecuado desarrollo moral que contribuirá a su desarrollo integral (Hernández-Mendo y Planchuela, 2013).
Antes de empezar con las aportaciones de Kohlberg sobre el estudio del desarrollo moral, es de vital relevancia mencionar a Piaget, porque es uno de los representantes de mayor relevancia en las teorías evolutivas (Palomo, 1989). Kohlberg coincide con Piaget en la idea de que el desarrollo moral se produce a través de una serie de etapas por las que todo ser humano pasa en el mismo orden. Sin embargo, no todos llegan al último nivel ya que, a diferencia de Piaget, Kohlberg cree que esta evolución no está basada en el desarrollo cognitivo, sino que precisa de un determinado nivel de desarrollo psicológico que no todos alcanzan (Carrillo, 1992).                                                      
Para Kohlberg el concepto de desarrollo moral es la adquisición de normas y valores, lo que supone una interiorización por parte de los niños de las normas sociales durante su desarrollo (Palomo, 1989).
La teoría de Kohlberg tiene conceptos importantes como son: el juicio moral, (proceso cognitivo que ayuda a pensar sobre nuestros valores y nos permite ponerlos en un orden jerárquico); o el sentido de justicia, que es relevante para Kohlberg porque centra lo moral en este término y considera que evoluciona a través que se interrelaciona con el medio (cortés, 2002).
Kohlberg trabaja con cuentos interpretados por los alumnos y analiza el razonamiento del niño y no la respuesta. Tras estos estudios, llega a la conclusión que el niño construye sus propios valores morales y que el desarrollo moral no se lo enseña nadie. Considera que la conducta moral no se da en determinadas ocasiones de la vida, sino que es parte del proceso del pensamiento y que lo usamos para dar sentido a los conflictos morales del día a día (Hersh citado en Palomo, 1989).
Hersh, Reimer y Paolitto, (citado en Díaz- Serrano, 2015) opinan que los seis estadios del juicio moral se sustentan cognitivamente a través de los estudios científicos que desarrollan y asignan criterios a cada estadio.                                   
Los niveles y estadios son:
Primer nivel: Nivel, pre-convencional, individualista y coercitivo. Aún no se entienden las normas sociales convencionales, por lo que se respetan para evitar el castigo. Estadio 1: moral de la obediencia y del castigo. Estadio 2: satisfacción de necesidades, personales y ajenas.
Segundo nivel: Nivel convencional, social y razonable. Se somete a reglas y expectativas de la sociedad y la autoridad, y las defiende. Estadio 3: relaciones interpersonales buscan satisfacer las expectativas mutuas. Estadio 4: el respeto a la ley y al orden, a la convivencia y a la conciencia.
Tercer nivel: Nivel post-convencional, autónomo o de principios. Entiende y acepta normas que apoyan unos principios morales. Estadio 5: moral del contrato social. Estadio 6: moral de principio éticos universales Linde y Quintana (citado en Díaz-Serrano, 2015).
Palomo (1989) afirma “que cada etapa es irreversible, situando a cada persona en un nivel de enfoque de los problemas morales. Pre-convencional: antes de los 9 años, Convencional: propio de los adolescentes y algunos adultos y Post-convencional: que alcanzan pocos adultos”  

2.1. EN CONTRA DE LA TEORÍA MORAL DE KOHLBERG: LA ÉTICA DEL CUIDADO DE CAROL GILLIGAN.

La importancia de incluir las ideas de Carol Gilligan en contraposición a las de Kohlberg en este trabajo resulta vital, ya que fue dicha autora, dentro del marco de la filosofía feminista, quien emprendió el debate contemporáneo sobre género y teoría moral.
Según Medina-Vicent (2016), con la publicación de la obra In a Different Voice en 1982, Gilligan reveló los efectos sociales que suponía plantear la problemática de las mujeres dentro de los criterios del discurso científico  establecido, indicando que  tanto  los  teóricos  morales como  los  de  la  psicología,  habían “adoptado implícitamente la vida del varón como norma, tratando de crear mujeres a base de un patrón masculino”.
Este modelo binario de género existente en el ámbito científico se da debido a que, según Benhabib (1992), cuando las mujeres entran a formar parte, o bien como sujetos de investigación, o bien como investigadoras, se alteran los paradigmas científicos fijados: “Se cuestionan la definición del ámbito de objetos del paradigma de investigación, así como sus unidades de medida, sus métodos de verificación, la supuesta neutralidad de su terminología teórica o las pretensiones de universalidad de sus modelos y metáforas” (Benhabib, 1992, p.38).
La interiorización de este modelo binario del género, además, según Gilligan (2013), señala el inicio de la psique para entrar en un orden patriarcal.           
Tal y como afirma la autora, siempre que nos hallemos ante una construcción binaria del género -ser hombre significa no ser, ni parecer ser mujer, (y viceversa)- y una jerarquía de género que prioriza «lo masculino» (la razón, la mente y el Yo) sobre «lo femenino» (lo corporal, lo emocional y lo relacional), sabemos que estamos ante un patriarcado, se llame como se llame (Gilligan, 2013).                
De este modo, se pone en cuestión la necesidad de incorporar el punto de vista femenino en la teoría moral y política, históricamente asociada al ámbito público y a la  obra  de  Lawrence Kohlberg, –centrada en señalar que dicho razonamiento sólo es válido  para  analizar  un  aspecto  de  la  orientación  moral centrado en la justicia y los derechos- dejando de lado los asuntos propios o de vida buena (Medina-Vicent, 2016).
Para ello, Gilligan se hace preguntas tales como: ¿Por qué se ve amenazada la ética del cuidado?, ¿De qué se trata exactamente el debate entre justicia y cuidado?, ¿Qué relación tiene todo esto con las mujeres? O, más aún, ¿Qué relación tiene todo esto con la vida de las personas? (Gilligan, 2013).
Me di cuenta de los silencios que había en las teorías del desarrollo psicológico y moral, -lo que no se decía, a quien no se escuchaba, lo que no se consideraba un problema ético- y comprendí por qué las voces de las mujeres sonaban a menudo confusas o irrelevantes. Los filósofos morales discuten sobre si la ética se basa en la razón, o en la emoción. Los psicólogos hablan del Yo como de un ente separado, y del desarrollo como de un paso de la dependencia a la independencia. La voz «diferente» -aquella que oí por primera vez al escuchar a mujeres- unía la razón con la emoción, y al Yo con las relaciones. En su narrativa, las vidas de la gente estaban conectadas y eran interdependientes. Desde este punto de vista, lo contrario de la dependencia era el aislamiento. (Gilligan, 2013, p.42).
Sin embargo, lejos de pretender crear una moralidad propia de las mujeres, su crítica muestra que otras alternativas al desarrollo moral de Kohlberg son posibles. Según Benhabib (1992), muchas de sus formulaciones tienden a insinuar su deseo de complementar la ética de la justicia con un enfoque ético hacia el cuidado.
Ambos puntos de vista, el de la justicia y el del cuidado, serian, pues, complementarias más que antagónicas. No cabe duda de que es posible también intentar formular una «ética femenina del cuidado», pero no sería esa la conclusión que cabe extraer del trabajo de la misma Gilligan (Benhabib, 1992, p.40).
A lo sumo, Medina-Vicent (2016) argumenta que, a la hora de llevar a la práctica el test de Kohlberg en sus propias investigaciones, Gilligan  observó  que  las  mujeres  obtenían (de manera generalizada) puntuaciones  bajas  y  no  solían  llegar nunca  a la condición moral  final  que  había  clasificado  dicho  autor  y  que, supuestamente,  es  de  corte superior.                                              
En un primer momento, dicha evidencia fue interpretada por Kohlberg “como una incapacidad de la mujer para emitir juicios morales superiores, provocada por su emplazamiento  en  la  sociedad,  referido  al  espacio  privado-doméstico donde  se  desarrollan  los  temas  del  cuidado,  afecto  y  responsabilidad”.  (María-Vicent, 2016, p.89)
Como bien se puede apreciar con esta explicación, Gilligan mostró que en los estudios de Kohlberg no se tenían en cuenta las construcciones sociales de exclusión sexo-género,  ni  el  hecho  de  que  las  experiencias  particulares  de  los  individuos son un condicionante en  las formas que tienen de procesar sus razonamientos morales (Medina-Vicent, 2016).
Es por ello que trata  de  extender  el  tema  de  la  moralidad, sugiriendo para ello el principio  de  ética  del  cuidado, de manera que se conformen las bases para su posterior debate y suplemento con la ética de la justicia. (Medina-Vicent, 2016). Gilligan, (2013) afirma:
El cuidado y la asistencia no son asuntos de mujeres; son intereses humanos. Para ver este debate tal y como es, no hay más que mirar a través de la óptica del género: la justicia se coloca junto a la razón, la mente y el Yo -los atributos del «hombre racional», y el cuidado junto a las emociones, el cuerpo y las relaciones -las cualidades que, como las mujeres, se idealizan a la vez que se menosprecian en el patriarcado.
Aunque no se suele reconocer el encuadre patriarcal de este debate, el modelo binario y jerárquico del género llama la atención de quien escucha (p.54).

2.1.1. LA INVESTIGACIÓN DE CAROL GILLIGAN: LA RESISTENCIA AL MODELO BINARIO DE GÉNERO.

A principios de los años 70, Carol Gilligan comenzó a prestar atención al modo en el que las personas percibían los conflictos, los interpretaban y cómo percibían las distintas soluciones éticas. Se dio cuenta de dos cosas, “del silencio que existía entre los hombres y la ausencia de resonancia cuando las mujeres decían lo que sentían y pensaban verdaderamente” (Gilligan, 2013, p.42). Entrevistó junto con Mary Belenky a grupos de mujeres embarazadas que tenían en mente la idea de abortar (Gilligan, 2013). Su objetivo era saber dónde enmarcaban el dilema moral, así como cuáles eran las diferentes alternativas que esas mujeres veían que podían elegir (Gilligan, 2013).
Gilligan relata como Sharon, una mujer de treinta años, respondió a la pregunta de cuál era la mejor forma de tomar decisiones morales frente a un tema como el aborto:
Escuchar a Sharon implicaba salirse del marco. No hablaba de derechos. No separaba el sentimiento del pensamiento. No lo interpretaba como una elección entre ella y los otros. No buscaba justificarse. Decía que abortando o no, podías ser responsable. Al cuidar de ella misma y de los demás, sabía que un principio no se lo iba a resolver todo. Podía servirle de guía a la hora de tomar la decisión y ponerla en práctica, pero seguiría dejándola con un conflicto. Su dilema radicaba en cómo actuar frente al conflicto; cómo actuar de un modo responsable y cuidadoso. Y para Sharon, esto implicaba estar despierta, conocer los distintos sentimientos que se tienen que tener en cuenta, todo lo que entra en juego, ser consciente de dónde se pisa.
(Gilligan, 2013, p.42)
Otra de las respuestas que Gilligan recogió de una estudiante de medicina a la que preguntó cómo se describiría si tuviera que presentarse a sí misma, fue:
“Esta mujer no carecía de un sentido de su propia persona, pero le sonaba “raro” describirse a sí misma como una persona conectada a otras, en vez de separada de las demás” (Gilligan, 2013, p.44).
Sin embargo, no sucedió lo mismo con otra de las mujeres que hicieron la entrevista. Como bien narra Gilligan (2013), se describía como una persona entusiasta, apasionada, algo arrogante y comprometida, pero en ese momento estaba muy cansada porque no había dormido lo suficiente.
Finalmente, los resultados le llevaron a concluir que, el asociar una voz que atiende con las mujeres de su investigación, fue una observación empírica que no estaba carente de excepciones (Gilligan, 2013). No todas las mujeres son cuidadosas y atentas y, bajo ningún concepto, esto suponía una limitación, ya que el cuidado es una facultad del ser humano (Gilligan, 2013).
No obstante -y como a continuación se procede a explicar-, “las mujeres están mejor preparadas para resistirse a la separación entre la noción de sí mismas, la experiencia y las relaciones, y para integrar el sentimiento con pensamiento” (Gilligan, 2013, p.55).

Gilligan decide entonces comenzar a investigar con niños, a observarles entrar en el marco desde pequeños hasta hacerse adultos, y a darse cuenta con todo ello, de lo que estaba realmente en juego (Gilligan, 2013).
Los resultados de las observaciones le llevaron a determinar que no era extraño que, durante el desarrollo, las chicas afirmasen no reconocerse a sí mismas y los chicos se desvinculasen del terreno emocional (Gilligan, 2013).
De lo que estamos hablando no es más ni menos que de presiones que piden enterrar la voz honesta, una voz que, supuestamente, no existe en nuestra cultura posmoderna. En este contexto, a la gente, sobre todo a los niños, les resulta difícil saber lo que el cuerpo y las emociones conocen sin sentirse perdidos. Y decir lo que saben, a medida que se hacen adultos, puede causar problemas tanto a los otros, como así mismos.
(Gilligan, 2013, p.51)
Esto se caracteriza según Gilligan (2013), por muestras de sufrimiento psicológico. Son momentos en que los niños y las niñas sienten una gran presión para interiorizar el modelo binario y de jerarquía de género, con la intención así de convertirse en el futuro en una mujer buena (“lo que debería ser”), o de hacerse un hombre (“lo que debería ser él”).                                                             
Esta inducción a los códigos y guiones del género del patriarcado, se inicia a una edad tempana en la infancia, alrededor de los primeros cuatro o cinco años (Gilligan, 2013).
Entre los cinco y los siete años, aproximadamente, en la época en que se produce la iniciación de los niños y su transformación en un «machote» o un «chico como Dios manda», el momento en que los niños cruzan las fronteras del género y se les llama niñas o mariquitas o cobardes o niños de mamá, abundan los casos de trastornos del habla y del aprendizaje, de problemas de atención y diversas formas de desconexión o de comportamiento descontrolado.
            (Gilligan, 2013, p.58).
Sin embargo, Gilligan (2013) también afirmó que tanto los niños como las niñas que presentaran una mayor resiliencia, conseguirían resistir al sometimiento por el que tienen que separar el cuerpo de la mente, las emociones del pensamiento, el concepto de sí mismos con el del resto de relaciones.
Con intención de reforzar esta afirmación, Gilligan consiguió demostrar que aquello que se había calificado de debilidad o limitación propia del género femenino, en cambio, se podía interpretar como virtud humana no única y exclusiva de mujeres (Gilligan, 2013). Se expone, para ello, el caso de Jake, un niño de 11 años al que Gilligan aplicó uno de los dilemas morales de Kohlberg:
Los dilemas éticos se han enmarcado «así como problemas de matemáticas con humanos» -en palabras de Jake, un niño de once años. Respondiendo a la pregunta de Kohlberg -¿Debería un hombre, cuya mujer se está muriendo de cáncer, robar un medicamento demasiado caro para salvarle la vida? Jake aísla las exigencias morales, sopesa el valor de la vida frente al valor de la propiedad y la ley, y concluye que Heinz debería robar la medicina porque la propiedad es reemplazable y la vida no y, además, «la ley se puede equivocar». (Gilligan, 2013, p.62).

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