A principios de los años 70, Carol Gilligan
comenzó a prestar atención al modo en el que las personas percibían los
conflictos, los interpretaban y cómo percibían las distintas soluciones éticas.
Se dio cuenta de dos cosas, “del silencio que existía entre los hombres y la
ausencia de resonancia cuando las mujeres decían lo que sentían y pensaban
verdaderamente” (Gilligan, 2013, p.42). Entrevistó junto con Mary Belenky a
grupos de mujeres embarazadas que tenían en mente la idea de abortar (Gilligan,
2013). Su objetivo era saber dónde enmarcaban el dilema moral, así como cuáles
eran las diferentes alternativas que esas mujeres veían que podían elegir
(Gilligan, 2013).
Gilligan relata como Sharon, una mujer de treinta
años, respondió a la pregunta de cuál era la mejor forma de tomar decisiones
morales frente a un tema como el aborto:
Escuchar a Sharon implicaba salirse del marco. No
hablaba de derechos. No separaba el sentimiento del pensamiento. No lo
interpretaba como una elección entre ella y los otros. No buscaba justificarse.
Decía que abortando o no, podías ser responsable. Al cuidar de ella misma y de
los demás, sabía que un principio no se lo iba a resolver todo. Podía servirle
de guía a la hora de tomar la decisión y ponerla en práctica, pero seguiría
dejándola con un conflicto. Su dilema radicaba en cómo actuar frente al
conflicto; cómo actuar de un modo responsable y cuidadoso. Y para Sharon, esto
implicaba estar despierta, conocer los distintos sentimientos que se tienen que
tener en cuenta, todo lo que entra en juego, ser consciente de dónde se pisa.
(Gilligan, 2013, p.42)
Otra de las respuestas que Gilligan recogió de una
estudiante de medicina a la que preguntó cómo se describiría si tuviera que
presentarse a sí misma, fue:
“Esta mujer no carecía de un sentido de su propia
persona, pero le sonaba “raro” describirse a sí misma como una persona
conectada a otras, en vez de separada de las demás” (Gilligan, 2013, p.44).
Sin embargo, no sucedió lo mismo con otra de las
mujeres que hicieron la entrevista. Como bien narra Gilligan (2013), se
describía como una persona entusiasta, apasionada, algo arrogante y
comprometida, pero en ese momento estaba muy cansada porque no había dormido lo
suficiente.
Finalmente, los resultados le llevaron a concluir
que, el asociar una voz que atiende con las mujeres de su investigación, fue
una observación empírica que no estaba carente de excepciones (Gilligan, 2013).
No todas las mujeres son cuidadosas y atentas y, bajo ningún concepto, esto
suponía una limitación, ya que el cuidado es una facultad del ser humano
(Gilligan, 2013).
No obstante -y como a continuación se procede a
explicar-, “las mujeres están mejor preparadas para resistirse a la separación
entre la noción de sí mismas, la experiencia y las relaciones, y para integrar
el sentimiento con pensamiento” (Gilligan, 2013, p.55).
Gilligan decide entonces comenzar a investigar con
niños, a observarles entrar en el marco desde pequeños hasta hacerse adultos, y
a darse cuenta con todo ello, de lo que estaba realmente en juego (Gilligan,
2013).
Los resultados de las observaciones le llevaron a
determinar que no era extraño que, durante el desarrollo, las chicas afirmasen
no reconocerse a sí mismas y los chicos se desvinculasen del terreno emocional
(Gilligan, 2013).
De
lo que estamos hablando no es más ni menos que de presiones que piden enterrar
la voz honesta, una voz que, supuestamente, no existe en nuestra cultura
posmoderna. En este contexto, a la gente, sobre todo a los niños, les resulta
difícil saber lo que el cuerpo y las emociones conocen sin sentirse perdidos. Y
decir lo que saben, a medida que se hacen adultos, puede causar problemas tanto
a los otros, como así mismos.
(Gilligan,
2013, p.51)
Esto se caracteriza según Gilligan (2013), por
muestras de sufrimiento psicológico. Son momentos en que los niños y las niñas
sienten una gran presión para interiorizar el modelo binario y de jerarquía de
género, con la intención así de convertirse en el futuro en una mujer buena
(“lo que debería ser”), o de hacerse un hombre (“lo que debería ser él”).
Esta inducción a los códigos y guiones del género
del patriarcado, se inicia a una edad tempana en la infancia, alrededor de los
primeros cuatro o cinco años (Gilligan, 2013).
Entre los cinco y los siete años, aproximadamente,
en la época en que se produce la iniciación de los niños y su transformación en
un «machote» o un «chico como Dios manda», el momento en que los niños cruzan
las fronteras del género y se les llama niñas o mariquitas o cobardes o niños
de mamá, abundan los casos de trastornos del habla y del aprendizaje, de
problemas de atención y diversas formas de desconexión o de comportamiento
descontrolado.
(Gilligan,
2013, p.58).
Sin embargo, Gilligan (2013) también afirmó que
tanto los niños como las niñas que presentaran una mayor resiliencia,
conseguirían resistir al sometimiento por el que tienen que separar el cuerpo
de la mente, las emociones del pensamiento, el concepto de sí mismos con el del
resto de relaciones.
Con intención de reforzar esta afirmación,
Gilligan consiguió demostrar que aquello que se había calificado de debilidad o
limitación propia del género femenino, en cambio, se podía interpretar como
virtud humana no única y exclusiva de mujeres (Gilligan, 2013). Se expone, para
ello, el caso de Jake, un niño de 11 años al que Gilligan aplicó uno de los
dilemas morales de Kohlberg:
Los dilemas éticos se han enmarcado «así como
problemas de matemáticas con humanos» -en palabras de Jake, un niño de once
años. Respondiendo a la pregunta de Kohlberg -¿Debería un hombre, cuya mujer se
está muriendo de cáncer, robar un medicamento demasiado caro para salvarle la
vida? Jake aísla las exigencias morales, sopesa el valor de la vida frente al
valor de la propiedad y la ley, y concluye que Heinz debería robar la medicina
porque la propiedad es reemplazable y la vida no y, además, «la ley se puede
equivocar». (Gilligan, 2013, p.62).