miércoles, 1 de mayo de 2019

2.1. EN CONTRA DE LA TEORÍA MORAL DE KOHLBERG: LA ÉTICA DEL CUIDADO DE CAROL GILLIGAN.

La importancia de incluir las ideas de Carol Gilligan en contraposición a las de Kohlberg en este trabajo resulta vital, ya que fue dicha autora, dentro del marco de la filosofía feminista, quien emprendió el debate contemporáneo sobre género y teoría moral.
Según Medina-Vicent (2016), con la publicación de la obra In a Different Voice en 1982, Gilligan reveló los efectos sociales que suponía plantear la problemática de las mujeres dentro de los criterios del discurso científico  establecido, indicando que  tanto  los  teóricos  morales como  los  de  la  psicología,  habían “adoptado implícitamente la vida del varón como norma, tratando de crear mujeres a base de un patrón masculino”.
Este modelo binario de género existente en el ámbito científico se da debido a que, según Benhabib (1992), cuando las mujeres entran a formar parte, o bien como sujetos de investigación, o bien como investigadoras, se alteran los paradigmas científicos fijados: “Se cuestionan la definición del ámbito de objetos del paradigma de investigación, así como sus unidades de medida, sus métodos de verificación, la supuesta neutralidad de su terminología teórica o las pretensiones de universalidad de sus modelos y metáforas” (Benhabib, 1992, p.38).
La interiorización de este modelo binario del género, además, según Gilligan (2013), señala el inicio de la psique para entrar en un orden patriarcal.           
Tal y como afirma la autora, siempre que nos hallemos ante una construcción binaria del género -ser hombre significa no ser, ni parecer ser mujer, (y viceversa)- y una jerarquía de género que prioriza «lo masculino» (la razón, la mente y el Yo) sobre «lo femenino» (lo corporal, lo emocional y lo relacional), sabemos que estamos ante un patriarcado, se llame como se llame (Gilligan, 2013).                
De este modo, se pone en cuestión la necesidad de incorporar el punto de vista femenino en la teoría moral y política, históricamente asociada al ámbito público y a la  obra  de  Lawrence Kohlberg, –centrada en señalar que dicho razonamiento sólo es válido  para  analizar  un  aspecto  de  la  orientación  moral centrado en la justicia y los derechos- dejando de lado los asuntos propios o de vida buena (Medina-Vicent, 2016).
Para ello, Gilligan se hace preguntas tales como: ¿Por qué se ve amenazada la ética del cuidado?, ¿De qué se trata exactamente el debate entre justicia y cuidado?, ¿Qué relación tiene todo esto con las mujeres? O, más aún, ¿Qué relación tiene todo esto con la vida de las personas? (Gilligan, 2013).
Me di cuenta de los silencios que había en las teorías del desarrollo psicológico y moral, -lo que no se decía, a quien no se escuchaba, lo que no se consideraba un problema ético- y comprendí por qué las voces de las mujeres sonaban a menudo confusas o irrelevantes. Los filósofos morales discuten sobre si la ética se basa en la razón, o en la emoción. Los psicólogos hablan del Yo como de un ente separado, y del desarrollo como de un paso de la dependencia a la independencia. La voz «diferente» -aquella que oí por primera vez al escuchar a mujeres- unía la razón con la emoción, y al Yo con las relaciones. En su narrativa, las vidas de la gente estaban conectadas y eran interdependientes. Desde este punto de vista, lo contrario de la dependencia era el aislamiento. (Gilligan, 2013, p.42).
Sin embargo, lejos de pretender crear una moralidad propia de las mujeres, su crítica muestra que otras alternativas al desarrollo moral de Kohlberg son posibles. Según Benhabib (1992), muchas de sus formulaciones tienden a insinuar su deseo de complementar la ética de la justicia con un enfoque ético hacia el cuidado.
Ambos puntos de vista, el de la justicia y el del cuidado, serian, pues, complementarias más que antagónicas. No cabe duda de que es posible también intentar formular una «ética femenina del cuidado», pero no sería esa la conclusión que cabe extraer del trabajo de la misma Gilligan (Benhabib, 1992, p.40).
A lo sumo, Medina-Vicent (2016) argumenta que, a la hora de llevar a la práctica el test de Kohlberg en sus propias investigaciones, Gilligan  observó  que  las  mujeres  obtenían (de manera generalizada) puntuaciones  bajas  y  no  solían  llegar nunca  a la condición moral  final  que  había  clasificado  dicho  autor  y  que, supuestamente,  es  de  corte superior.                                              
En un primer momento, dicha evidencia fue interpretada por Kohlberg “como una incapacidad de la mujer para emitir juicios morales superiores, provocada por su emplazamiento  en  la  sociedad,  referido  al  espacio  privado-doméstico donde  se  desarrollan  los  temas  del  cuidado,  afecto  y  responsabilidad”.  (María-Vicent, 2016, p.89)
Como bien se puede apreciar con esta explicación, Gilligan mostró que en los estudios de Kohlberg no se tenían en cuenta las construcciones sociales de exclusión sexo-género,  ni  el  hecho  de  que  las  experiencias  particulares  de  los  individuos son un condicionante en  las formas que tienen de procesar sus razonamientos morales (Medina-Vicent, 2016).
Es por ello que trata  de  extender  el  tema  de  la  moralidad, sugiriendo para ello el principio  de  ética  del  cuidado, de manera que se conformen las bases para su posterior debate y suplemento con la ética de la justicia. (Medina-Vicent, 2016). Gilligan, (2013) afirma:
El cuidado y la asistencia no son asuntos de mujeres; son intereses humanos. Para ver este debate tal y como es, no hay más que mirar a través de la óptica del género: la justicia se coloca junto a la razón, la mente y el Yo -los atributos del «hombre racional», y el cuidado junto a las emociones, el cuerpo y las relaciones -las cualidades que, como las mujeres, se idealizan a la vez que se menosprecian en el patriarcado.
Aunque no se suele reconocer el encuadre patriarcal de este debate, el modelo binario y jerárquico del género llama la atención de quien escucha (p.54).

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