La importancia de incluir las ideas de
Carol Gilligan en contraposición a las de Kohlberg en este trabajo resulta
vital, ya que fue dicha autora, dentro del marco de la filosofía feminista,
quien emprendió el debate contemporáneo sobre género y teoría moral.
Según Medina-Vicent (2016), con la
publicación de la obra In a Different
Voice en 1982, Gilligan reveló los efectos sociales que suponía plantear la
problemática de las mujeres dentro de los criterios del discurso
científico establecido, indicando
que tanto los
teóricos morales como los
de la psicología,
habían “adoptado implícitamente la vida del varón como norma, tratando
de crear mujeres a base de un patrón masculino”.
Este modelo binario de género existente en el ámbito científico se
da debido a que, según Benhabib (1992), cuando las mujeres entran a formar
parte, o bien como sujetos de investigación, o bien como investigadoras, se alteran
los paradigmas científicos fijados: “Se cuestionan la definición del ámbito de
objetos del paradigma de investigación, así como sus unidades de medida, sus
métodos de verificación, la supuesta neutralidad de su terminología teórica o
las pretensiones de universalidad de sus modelos y metáforas” (Benhabib, 1992,
p.38).
La interiorización de este modelo binario
del género, además, según Gilligan (2013), señala el inicio de la psique para
entrar en un orden patriarcal.
Tal y como afirma la autora, siempre que
nos hallemos ante una construcción binaria del género -ser hombre significa no
ser, ni parecer ser mujer, (y viceversa)- y una jerarquía de género que
prioriza «lo masculino» (la razón, la mente y el Yo) sobre «lo femenino» (lo
corporal, lo emocional y lo relacional), sabemos que estamos ante un
patriarcado, se llame como se llame (Gilligan, 2013).
De este modo, se pone en cuestión la
necesidad de incorporar el punto de vista femenino en la teoría moral y
política, históricamente asociada al ámbito público y a la obra
de Lawrence Kohlberg, –centrada
en señalar que dicho razonamiento sólo es válido para
analizar un aspecto
de la orientación
moral centrado en la justicia y los derechos- dejando de lado los
asuntos propios o de vida buena (Medina-Vicent, 2016).
Para ello, Gilligan se hace preguntas tales
como: ¿Por qué se ve amenazada la ética del cuidado?, ¿De qué se trata
exactamente el debate entre justicia y cuidado?, ¿Qué relación tiene todo esto
con las mujeres? O, más aún, ¿Qué relación tiene todo esto con la vida de las
personas? (Gilligan, 2013).
Me
di cuenta de los silencios que había en las teorías del desarrollo psicológico
y moral, -lo que no se decía, a quien no se escuchaba, lo que no se consideraba
un problema ético- y comprendí por qué las voces de las mujeres sonaban a
menudo confusas o irrelevantes. Los filósofos morales discuten sobre si la
ética se basa en la razón, o en la emoción. Los psicólogos hablan del Yo como
de un ente separado, y del desarrollo como de un paso de la dependencia a la
independencia. La voz «diferente» -aquella que oí por primera vez al escuchar a
mujeres- unía la razón con la emoción, y al Yo con las relaciones. En su
narrativa, las vidas de la gente estaban conectadas y eran interdependientes.
Desde este punto de vista, lo contrario de la dependencia era el aislamiento.
(Gilligan, 2013, p.42).
Sin embargo, lejos de pretender crear una
moralidad propia de las mujeres, su crítica muestra que otras alternativas al
desarrollo moral de Kohlberg son posibles. Según Benhabib (1992), muchas de sus
formulaciones tienden a insinuar su deseo de complementar la ética de la
justicia con un enfoque ético hacia el cuidado.
Ambos puntos de vista, el de la justicia y
el del cuidado, serian, pues, complementarias más que antagónicas. No cabe duda
de que es posible también intentar formular una «ética femenina del cuidado»,
pero no sería esa la conclusión que cabe extraer del trabajo de la misma Gilligan
(Benhabib, 1992, p.40).
A lo sumo, Medina-Vicent (2016) argumenta
que, a la hora de llevar a la práctica el test de Kohlberg en sus propias
investigaciones, Gilligan observó que
las mujeres obtenían (de manera generalizada)
puntuaciones bajas y
no solían llegar nunca
a la condición moral final que
había clasificado dicho
autor y que, supuestamente, es
de corte superior.
En un primer momento, dicha evidencia fue
interpretada por Kohlberg “como una incapacidad de la mujer para emitir juicios
morales superiores, provocada por su emplazamiento en la sociedad,
referido al espacio
privado-doméstico donde se desarrollan
los temas del
cuidado, afecto y
responsabilidad”. (María-Vicent,
2016, p.89)
Como bien se puede apreciar con esta
explicación, Gilligan mostró que en los estudios de Kohlberg no se tenían en
cuenta las construcciones sociales de exclusión sexo-género, ni
el hecho de que las
experiencias particulares de los individuos son un condicionante en las formas que tienen de procesar sus
razonamientos morales (Medina-Vicent, 2016).
Es por ello que trata de
extender el tema
de la moralidad, sugiriendo para ello el
principio de ética
del cuidado, de manera que se conformen
las bases para su posterior debate y suplemento con la ética de la justicia.
(Medina-Vicent, 2016). Gilligan, (2013) afirma:
El
cuidado y la asistencia no son asuntos de mujeres; son intereses humanos. Para
ver este debate tal y como es, no hay más que mirar a través de la óptica del
género: la justicia se coloca junto a la razón, la mente y el Yo -los atributos
del «hombre racional», y el cuidado junto a las emociones, el cuerpo y las
relaciones -las cualidades que, como las mujeres, se idealizan a la vez que se
menosprecian en el patriarcado.
Aunque
no se suele reconocer el encuadre patriarcal de este debate, el modelo binario
y jerárquico del género llama la atención de quien escucha (p.54).
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